18.2.15

De cómo el cine se volvió negro

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Se llama cine negro al género cinematográfico de corte policial en el que generalmente un solo detective, abogado o periodista acaba con una banda, aprehende o liquida al jefe de los hampones, exhibe la ineficiencia de las corporaciones policiacas uniformadas o secretas, revela la corrupción de la administración pública, rescata sana y salva a la heroína, casi siempre bella, quien —por supuesto— se enamora de él, y él —por supuesto— se siente atraído por ella, pero renuncia a proseguir la relación ante el riesgo de enamorarse, porque la dulce vida convencional, establecida y hogareña no es compatible con la azarosa existencia de un hombre duro, es decir, del antihéroe.

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La claridad del negro
Realismo, dinamismo, violencia y una actitud escéptica son sus características principales, y en ellas late casi siempre una voluntad crítica. El cine negro, también conocido como film noir, nació en EE.UU. en la década de los años 30, como consecuencia del crack financiero de 1929, cuando una súbita caída de la Bolsa de Valores de Nueva York llevó a la ruina a los ricos y a la inopia —pobreza absoluta— a los medianos y pequeños ahorradores en todo el país.
 La conversión de ricos en pobres, de un día para otro, condujo a miles al suicidio. El cambio de estatus canceló de golpe un largo periodo de euforia económica motivada por la reconstrucción de Europa después de la I Guerra Mundial, que había permitido multimillonarios negocios transatlánticos.
Se llama «cine negro» porque reflejó en la pantalla la negra situación que siguió al derrumbe de valores —los de la Bolsa de Nueva York y los de la moral pública, presa del desaliento— que significó la llamada Gran Depresión —la peor que jamás haya sufrido la Unión Americana—; una crisis que estalló entre 1929 y 1933 con el gobierno republicano del presidente Herbert Hoover (1874-1964), y que palió el gobierno demócrata del presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) entre 1933 y 1945 mediante la intervención estatal en la economía —con una política social conocida como «New Deal», «Nuevo trato»—, pero que el país no superó hasta el fin de la Guerra de Corea (1950-1953).

La cara de la negrura
El rostro que encarnó en la pantalla esos primeros años negros fue el del actor James Cagney (1899-1986), intérprete de papeles duros, como los de policía violento o gánster desalmado, en filmes como El enemigo público —William A. Wellman (1931)—. La actitud y proceder de Cagney expresaron la violencia y el vacío de poder imperantes durante el gobierno de Hoover, cuando el cine negro nadó a contracorriente de las recomendaciones oficiales, pues en 1927 se aprobó —y Hollywood aceptó— el llamado Código Hays de censura. Otras cintas radicales con que nace el cine negro son Hampa dorada —Mervyn LeRoy (1931)— y Scarface, el terror del hampa —Howard Hawks y Richard Rosson (1932).
Fragmento de la película El enemigo público:



El gansterismo en EE.UU. se había convertido en un fenómeno progresivo que reflejaba el triunfo de lo
urbano sobre lo rural. A partir de 1919, cuando la ley Volstead prohibió el consumo, venta y distribución de alcohol, amplios sectores de la sociedad se convirtieron en delincuentes habituales por consumir bebidas alcohólicas en bares clandestinos cuyos propietarios, impedidos para recurrir a la policía o los tribunales para su defensa, eran extorsionados por bandas de gánsters que controlaban también la venta y distribución de espiritosos.
La corrupción se enseñoreaba de la Unión Americana, convertida en primera potencia económica mundial tras
 la Gran Guerra, con la derrota de Alemania y el grave endeudamiento financiero de Inglaterra y Francia. El crecimiento económico e industrial de 1918 a 1928 generó la primera sociedad de consumo de masas, 30 años antes que en otros países. Esa fase de prosperidad inusitada —que permitió la incorporación de la mujer al trabajo, la entrada de la radio y los electrodomésticos a los hogares, así como el uso generalizado del automóvil— condujo a un enfervorizado culto a la libertad de mercado, al laissez-faire, laissez-passer —«dejad hacer», «dejad pasar»— y a un espíritu empresarial e innovador que, según la ideología del momento, eran los motores del progreso.

Oscurantismo americano

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El sueño americano cobró realidad en los triunfadores, entre ellos el «emprendedor» Al Capone (1899-1947) y
 sus socios, que en la década de los años 20 gozaron de popularidad y admiración. Los mafiosos se constituyeron en una nueva clase social y disputaron el poder a los amos de la industria y el comercio. La corrupción extendió sus tentáculos a toda la administración pública y trascendió que el Partido Republicano alentó negocios dudosos. El vértigo se apoderó de los llamados «locos años 20». Silente desde su nacimiento, a fines del
 siglo XIX, el cine estrenó sonido en 1927
 con El cantante de jazz —Alan Crosland—. Hollywood constituyó en el mismo año la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.
El cinematógrafo se convirtió en el centro de reunión y espectáculo de masas. El 
jazz evolucionó del stomp al fox-trot en
 un proceso natural de aceleración social. Moda y perfumes proyectaron las primeras firmas de los grandes diseñadores, a las que inevitablemente siguió la industrialización del prêt-à-porter.

 «—Ese tipo me pone nervioso. —¿Por qué? —Me ponen nervioso todos los tipos a los que no les interesa el dinero». El halcón maltés(1941). 
La prosperidad galopante de la industria y el comercio llevó a extenuantes jornadas de trabajo. Así, tras una escandalosa actuación judicial, fueron ejecutados, en 1927, Nicola Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), víctimas de xenofobia y luchas sindicales. Su ejecución fue el contrapunto del auge y el anuncio de que en la cúspide empieza el tobogán cuando el desenfreno no tiene límite. El derrumbe del sistema financiero de 1929 sorprendió a 
los estadounidenses en el «reventón». Y el país, víctima de los excesos, se desplomó. La ascensión de Roosevelt a la presidencia fue, en lo inmediato, un rearme moral y económico que ocultó las fisuras del poder, pero dio lugar a una nueva etapa del cine negro, porque, no obstante la voluntad 
de cambio, la persecución al gansterismo, el inicio de procesos judiciales contra jefes mafiosos y la derogación de la ley seca, en 1933, la violencia continuó.

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